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PONGÁMONOS EN SUS ZAPATOS

Criar desde el respeto y la empatía es posible

Te has preguntado, ¿qué puede pasar por la mente de un niño cuando le exigimos adaptarse al mundo adulto, cuando queremos que ellos vayan a nuestro ritmo? Es frecuente que el niño reciba solicitudes como: no grites, no comas con la boca abierta, no ensucies tu ropa, no te despeines, no corras, apúrate que vamos a llegar tarde y la lista sería interminable cuando de prohibiciones y órdenes se trata.  Muchas veces, este tipo de situaciones suelen terminar con gritos, pataletas, llantos y un desgaste emocional para ambos, tanto para padres como para los hijos. Nos parece difícil comprender por qué los niños simplemente no atienden nuestras órdenes, pues solemos pensar que realmente así sería más fácil para todos, cuando en realidad sólo sería fácil para los adultos.

Si hacemos el ejercicio de la pregunta inicial ante cada una de nuestras solicitudes a los niños, ¿qué pasaría? Tal vez, podríamos intentar ponernos en sus zapatos, revisar qué está pasando en el mundo de nuestro niño en ese instante que nosotros deseamos que él haga otra cosa diferente.  

Ponernos en el lugar del otro es lo que llamamos empatía, tratar de comprender el porqué de sus comportamientos y ponernos en sus zapatos puede ayudarnos a desarrollar una sana relación cuyo principio sea el respeto. Esto aplica para nuestra relación con otros adultos y  con los niños.

Realmente, adultos y niños vivimos en mundos diferentes. Nosotros con nuestros afanes y compromisos, con nuestras rutinas, con la herencia de una crianza donde tal vez no faltaron los golpes, los gritos, el condicionamiento para poder obtener recompensas, con una capacidad de asombro reducida y la creatividad y la magia en un rincón, con los dispositivos móviles y nuestra “necesidad” de estar revisando constantemente lo que pasa en ellos… Y los niños por su parte, en su mundo de juegos, creatividad y fantasía, donde no existe el afán ni el estrés, con una dimensión del tiempo y el espacio que dista enormemente de la forma como lo vemos los adultos.

Padres, madres, cuidadores, maestros y en general las personas adultas tenemos la gran responsabilidad de acompañar la crianza y la educación de los niños, está en nuestras manos guiarlos para que en el proceso de socialización sean personas felices  y construyan su identidad desde un acompañamiento respetuoso,  libre de violencias, que propenda por formar seres autónomos, libres, que valoren la diversidad y que se relacionen con el mundo desde la empatía, que tomen decisiones propias y que actúen desde la convicción en vez de la obediencia y el temor.

¿Cómo lo logramos?

  • Formarnos e informarnos es nuestra  primera gran tarea: Entender qué está pasando en cada uno de los momentos evolutivos de nuestros pequeños nos puede dar pautas para comprender sus comportamientos y saber desde dónde y hasta qué punto podemos manejar nuestras expectativas con ellos.
  • Una vez comprendamos el momento evolutivo de nuestros hijos, utilicemos una disciplina y unos límites que correspondan a su edad. Tengamos presente la importancia de inculcar relaciones democráticas y flexibles, pues con ello podremos evitar momentos de tensión que se justifican en las relaciones de poder y que impiden la conciliación y el dialogo para llegar a acuerdos.
  • Es nuestro espacio el que debe estar adaptado para que los niños convivan en él: Los niños exploran, juegan, corren, gritan, y de esa manera aprenden y se relacionan con el mundo. Sólo serán niños una vez, permitámoslo hasta donde nos sea posible, guardemos objetos con los que puedan hacerse daño u objetos que puedan dañarse.
  • Revisemos la real importancia de nuestras solicitudes: y cuando sea realmente  necesaria una solicitud acércate a tu hijo y explícale la situación, tal vez comience una protesta por parte del niño que no desea dejar lo que está haciendo, en este caso manifiéstale que lo comprendes y ayúdale a manejar sus emociones ¡ponte en su lugar!

Recuerda que todo el tiempo los niños están aprendiendo de nosotros, y aprenden más de nuestros comportamientos que de nuestras palabras, esforcémonos en ser coherentes con lo que les decimos y lo que hacemos, si no queremos que griten: no les gritemos, si no queremos que peguen: no les peguemos; si queremos respeto: RESPETÉMOSLOS. Preguntémonos más a menudo qué pasa por sus mentes.